EL DIA QUE CONOCÍ A LUCAS GARRA

copyright Lucas Garra

No es la primea vez que ocurre. Ni la última, espero. Encontrar la afinidad con un desconocido a través de una imagen. Con una simple pasada basta. Le ocurría regularmente al rijoso Zeus de los crucigramas. En cuanto se cruzaba con una vulgar mortal se le exarcerbaban los puntos nerviosos, dejando un reguero de amorfas creaciones que ha surtido los anales de la literatura.

En mi caso fue con una fotografia hallada en un blog extremeño. De ésas que te alegran la jornada por su simplicidad. Porque no hay nada más hermoso que encontrarse toda una vida en un misterioso haz de luz. Una luz que invade y motiva, desprendiéndote de todas las ataduras de los pesares cotidianos. De ésas que cualquiera piensa que puede hacerlas. Si la ves sin mirar – desgraciadamente, cada día ocurre más lo de ver sin mirar –sonríes por dentro. Estaremos tentados a pensar: si este tipo cobra por esto, yo tendría que estar expuesto en el MOMA. Todo el mundo tiene en su cámara mejores fotos que Lucas Garra. Pero hay que salir a hacerlas. Y es cuando por más que uno mire por el visor, le dé vueltas a la ruedecita o busque en la tarjeta de memoria, no las encuentra.

Es fácil que ese pensamiento les asalte en un primer vistazo. Algún comentario al respecto soporté cuando le hice al autor una entrevista, a propósito de su exposición sobre Deleitosa y la herencia de Eugene Smith. Mi respuesta fue siempre la misma: pruebe usted a hacerla o cómprese un póster de LaChapelle.

Quiso el azar montar un taller para juntarnos. Lucas puso el precio, unas cuantas sillas en su casa y chocolatinas. Luego vino la pregunta envenenada: “¿y tú por qué te has apuntado al curso?”. “Creo que ya iba siendo hora de conocernos”, fue mi respuesta.

copyright Ángel Manuel Gómez Espada

Nunca he sabido muy bien cómo definir la afinidad. La segunda acepcion del DRAE, “Atracción o adecuación de caracteres, opiniones, gustos, etc., que existe entre dos o más personas” se me queda corta.

Durante los cuatro sábados que duró el taller, esa sensación me invadía. Durante nuestras charlas sentía como si hubiera regresado al entorno de un viejo amigo al que estamos siglos sin ver. Como una puesta al día de aquellos tiempos lejanos en los que éramos capaces de trepar a los árboles para comer albaricoques en mayo, donde las risas eran despreocupadas, sinceras y sin motivo aparente.

Asi que me he envalentonado mandando una carta a la Real Academia, que no sé si llegará a buen puerto, para que formulen la proposición de una nueva acepción en la entrada del diccionario, refieriéndose a la afinidad: “por extensión, lo que un individuo experimenta la primera vez que entabla conversación directa con el fotógrafo Lucas Garra”.

Si discurre todo con el éxito que el proyecto merece, serán los primeros en enterarse.

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