CALENTÁNDOSE LOS PIES

Al menos dos veces por semana ése es el gesto que los identifica, si exceptuamos los movimientos telefónicos y las actualizaciones de estado de sus respectivos perfiles. Luis se mete en la cama cuando llega del trabajo a las tantas de la mañana y, para calentar su pie izquierdo, lo acerca a los de Soledad. Ella lo cobija, tras el primer estremecimiento súbito por el contacto inesperado, entre los suyos y los frota para calentar el pie trasnochador de Luis.

Son esos días que el turno de noche de él se adelanta por las bajas y el turno de tarde de ella se prolonga por los últimos ajustes de personal. Pero les queda ese gesto, que lo simboliza todo. El cariño, el respeto, el sacrificio que están haciendo por mantenerse vivos en estos tiempos crueles.

Si a Luis no se le ha olvidado dejar la nota encima de la mesa de la sala de estar no habrá problema. Si no, Soledad irá a despertarlo para preguntarle dónde ha dejado el coche. Antes de irse, un tibio beso y le acaricia los pies, como le dice él que ocurre en los versos de Nikki Giovanni.

Por supuesto, no hablan de niños. Discuten con sus padres cuando éstos sacan el tema. Para qué, mientras nos encontremos en esta situación. Ya vendrán tiempos mejores, donde todo sea mucho mas cómodo. ¿Te imaginas?, le dice ella a menudo: una cena en un restaurante, una película y a la mañana siguiente levantarnos a la hora que nos apetezca.

Ultimamente en el trabajo de Luis la contabilidad se prolonga en los cierres. Los recortes provocan ciertas incomodidades. Y ella tiene que madrugar media hora antes, porque le han cambiado la sucursal, a 20 kilometros de la anterior. Entonces, Luis hace tiempo. Enciende el calentador para que el baño esté caliente cuando ella se despierte. Se ducha. Prepara el desayuno evitando los ruidos. A veces, dependiendo del sueño que tenga, desayunan juntos. Apenas hablan. No hay fuerzas. Un pobre “cómo te ha ido todo hoy” y ya. Un “anda, no seas tonto y acuéstate” que sabe a no te vayas. Un “da lo mismo, no te preocupes” que sabe a resignación. Antes de marcharse, él le quita algo de la cara, ficticio o no, para rozarle el cuello. Luego recuerda que lleva perfume y con lo nuevo de Lolita Lempicka se acuesta.

Hoy, en sus respectivos puestos, toca otra vuelta de tuerca. Mientras sus jefes les están hablando, se aferran a ese gesto del pie izquierdo de Luis cobijándose en los de Soledad. Les dicen que lo entienden perfectamente, que harán el nuevo esfuerzo propuesto y que cuenten con ellos para lo que venga. Por dentro lloran y se abrazan a ese gesto, porque en él está todos los residuos de vida que les quedan, todas las promesas de conciliacion familiar que se evaporan, todos los proyectos de futuro, todos los niños que van a tener que esperar.

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