HUYENDO DEL DEBATE

El lunes pasado experimenté cómo nuestro avion se retrasaba en su salida de Barajas al menos una hora, lo que provocó que llegáramos a las tantas a los extramuros de París. El retraso implicó cero en materia de debate, lo que es un lujazo. Después de casi once horas de trayectos y esperas, de demoras y carreras al trote, mi último deseo no era precisamente sentarme delante de un televisor para comprobar lo que desbarruntaban aquéllos que han sido estigmatizados para sacarnos de la crisis, con métodos misteriosos y eficacísimos, del más alto standing, y que no se pusieron en práctica antes por vaya usted a saber que idiosincrasias de las burocracias.

Sirvió el lunes también para comprobar que, al igual que ocurre con nuestros políticos europeos, los aeropuertos han dejado de lado al usuario habitual, han aparcado la comodidad para momentos mejores y han hecho de los trayectos de bajo coste un laberinto por donde el propio Teseo acabaría tomando el hilo de Ariadna, cogiendo la primera viga que viera lo suficientemente resistente para su peso y concluiría sus días colgando de un palo en Barajas. Hasta cuatro cambios de puerta tuvimos que sufrir los ocupantes del vuelo 3906 con dirección Charles de Gaulle. Otros tantos los de Bérgamo. Pero servidor tan contento: tantas trabas y diatribas me aislaban aún más del debate.

Lo rocambolesco del asunto es que a cada nueva desconsideración, a cada nueva verónica que ejercitaba con soberbia maestría la compañía, a lo Talavante, los hipotéticos viajeros salen disparados en tropel con sus proyectos de maletas y sus artilugios de veneración al dios Jobs para alcanzar la primera plaza, como si se tratara de vueltas de clasificación de una pole. Y después siguen despotricando. Como con los políticos. Hasta que de nuevo se sumergen en las liturgias a Jobs.

Una vez dentro del habitáculo con alas, en pleno vuelo, a miles de metros de altura, la tripulación te vende la moto: te da las gracias por haber viajado con ellos, por tu carta de fidelidad, te obliga a comprar sus sandwiches porque previamente te han matado de hambre con el retraso, te mete el codo en el ojo para pasarle la cerveza al de tu izquierda, te pone el culo en la cara cuando va a servirle el zumo a la de tu derecha y te pide, siempre en último lugar, disculpas por la demora. Evidentemente, no ha sido culpa de ellos, sino de las circunstancias y del aeropuerto.

Del mismo modo, nuestros políticos de bajo coste agradecen tu voto, se muestran entusiasmados con tu fidelidad a su causa, pero nunca jamás, estiman que ellos hayan tenido culpa del devenir de los acontecimientos. Siempre será del que vino por detrás o del que está por encima de nosotros.

Servidos sus menesteres, llega la incomodidad de los codazos.

p. d. Publicado en el diario “Hoy” de Extremadura el 12 de Noviembre de 2011.

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