REIVINDICACIÓN DE LA HUCHA

Habrá que pensar en regresar a la legendaria hucha como animal de compañía, si continúan cayendo las bolsas a este ritmo. Habrá que ir haciéndole un hueco de honor en las estanterías, olvidarnos de los planes de pensiones optimistas de los bancos y viajar al mundo de los sueños, que tan pisoteados han sido durante esta década, cuando escuchemos el tintineo de la moneda cayendo al fondo y sopesemos el peso de tan preciado objeto.

Porque una hucha es algo más que un recipiente con una ranura para el almacenaje y una acumulación arbitraria de monedas. Es el campo de batalla donde se consagra una gesta, un pequeño logro personal, una lucha contra los elementos, un símbolo doméstico de lo que el ser humano es capaz de conseguir cuando se lo propone.

Es mucho más que eso, me atrevería a decir. Es una ilusión que se va agigantando conforme el recipiente va adquiriendo peso y su extraño tintineo se va transformando en golpe seco, mucho menos sonoro, pero más esperanzador y embaucador. He tenido muchas, como ya habrán intuido, como habrán tenido todos. De diferentes formas, entre ellas las de una máquina de chicles, una máquina de discos de los setenta, una mariquita de 40 cm. de diámetro, una Ruperta de las del “Un, Dos, Tres” y un largo etcétera. Nunca las tradicionales, que siempre tenían un San Martín algo cruel, a base de martillazos. Por extensión, no acostumbré a transportar huchas de cerámica o porcelana, cuya fragilidad siempre me ha recordado las fluctuaciones del barril de petróleo. He preferido dejarme llevar más por los encantos de las que se asemejan a latas de conserva, con su sonido característico, a las que un simple esfuerzo de abrelatas les desenterraba su preciado tesoro y dejaba la matanza del puerco en anécdota macabra.

Creo que con ellas he aprendido a valorar la importancia relativa que contiene ese micro-universo en su interior. Aportan su justo valor, se aprende pronto que una solitaria moneda no es nada, pero que si las vas uniendo, engarzándolas como cuentas de rosario, a la larga tendrás aquello que hoy te sabes prohibido. La última la he abierto esta semana, y con ella habré podido adquirir un trípode y un objetivo nuevo para la cámara de fotos. Impacientes ambos, la cámara y yo, porque llegue la hora de tomar el avión que ha de conducirnos a París.

Pero de todas las que han pasado por mi cuarto, y de todas las que pasarán, siempre ha habido en mi memoria una especial. Una indeleble, que ni siquiera un abrelatas de titanio sería capaz de descerrajar de tan hermoso lugar: el idílico paraíso que son los recuerdos de la infancia. La hucha que cada finales de diciembre mi abuelo abría, en la que anteriormente iba echando monedas que le sisaba a mi abuela del monedero cuando volvían de la compra, para luego repartir el aguinaldo a sus nietos, equitativamente.

Era esa hucha una pecera repleta de hermosos peces de colores dorados y argentados, de todas las formas y tamaños, que olía siempre a castañas asadas y a Navidad en su interior.

Es poderosa esa hucha. Nunca ha sabido de crisis. Es para mí la más hermosa de todas las huchas que el hombre haya fabricado jamás. En ella se ha ido acumulando, con el interés más abusivo, un amor insobornable, limpio y sereno, como es el que profeso a mi abuelo materno, la persona más honesta que he tenido la suerte de conocer. Una hucha donde el respeto y el cariño han ido creciendo semestralmente muy por encima del Ibex 35. A pesar de que en esa hucha sólo hacíamos el gesto de introducir monedas, nuestro amor ha ido multiplicando sus intereses hasta poder decir que es la hucha que más dividendos me ha reportado en mis días.

Jamás una moneda de cien pesetas había dado para tanto.

A quien va dedicado, Francisco Espada Pelegrín

copyright: Ángel Gómez Espada

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