BOMBA, QUE RIMA CON SOMBRA

Desde que se hicieron eco de la noticia sobre el falso paquete bomba que luego resultó un burdo poema experimental, en la Diputación no dan abasto. Se encuentran bajo mínimos e incluso se maldice en las redes sociales abiertamente que se le hubiera doblado la dotación – con estos tiempos de recortes de moda- al premio literario más original de nuestra región. El servicio de seguridad navega en círculos de incertidumbres y de tranxilium y no hacen otra cosa los partes de baja que engordar las encuestas de lo mal visto que está el funcionariado.

Cuando llega un nuevo paquete enmudece toda la planta. Si no encuentran remitente alguno, las miradas comienzan a buscarse, ansiolíticas. Habrá que descreer, por tanto, de los que aseveran que el silencio no existe en esta ciudad. Existe. Y su paso trae un escalofrío capaz de paralizar la espina dorsal de quien lo siente sobre su espalda. Se adhiere al sistema nervioso hasta hacerlo tiritar de frío. Así es el silencio en esa oficina – en la actualidad desgobernada, en espera de nuevos resultados – cuando un cartero llega con un nuevo envío.

Los mandamases han hecho lo que suelen hacer: mutis por el foro y trabajan a domicilio, no quiera ser que al demonio le dé por hacer de las suyas y a alguno le cueste un disgusto serio o la amputación de algún miembro, nunca se sabe. Dan órdenes desde sus modernos móviles: son más rápidas éstas que el tradicional grito al otro lado del pasillo reclamando nuestra presencia o cierta premura al incoar un proceso.

Por lo tanto, se les ha asignado la primera criba en la selección de originales a las dos limpiadoras y al único guardia de seguridad que queda en activo, porque le pilló el desgraciado suceso de vacaciones. Los finalistas pasarán al gran jurado, que se ha visto reducido de 7 a 3 miembros por los motivos conocidos por todos.

Felicidad, la más veterana de las limpiadoras en esto de los premios literarios, es capaz de reconocer al vuelo “un paquete bomba”. Sólo con olerlo, ya aprecia su contenido. Lo sopesa, le da varias vueltas en el aire, juega con él desenfadada. Hasta que una sonrisa de oreja a oreja la traiciona y el resto del personal suelta un suspiro.

Con el último, exclamó exultante: “Sonetos alejandrinos a la manera del Caupolicán de Rubén Darío, mas con temática erótica. Parecen altamente tóxicos”. Antes de volver a empaquetarlo para tirarlo a la basura, por darle gusto al resto lo abre y nada más ver su gesto no cabe duda de que Felicidad lo ha clavado. “Soneto al piélago imperecedero”, declama con voz atiplada. “Esto no lo arregla ni el cirujano de la Esteban. Escuchad sólo el comienzo: No está nunca de más hacer alabanza del mar”.

Tales artefactos de destrucción masiva – poesía experimental, la llaman – van llegando a la oficina. Sus efectos secundarios han recluido a muchos en una depresión abyecta. A otros les han emponzoñado los oídos o su vista está más difuminada de lo habitual. Van cayendo los lectores de esas rimas consonantes paulatinamente y no hay día que el  ayuntamiento no se lamente en rueda de prensa de haber difundido la cultura con la intención de  avivar las seseras dormidas de los vates de España. Y la de algún que otro poeta de tercera regional preferente que arrastra el hambre desde las pasadas calendas, como aquél que envió un haiku tatuado en la cabeza de un gato azul disecado. El señor Norberto aún está convaleciente del shock que le provocó la visión de la cabeza del animal.

No ha terminado la pesadilla. Aún quedan 63 días para que concluya el plazo del concurso de letras para raperos. Por lo que se dice, el personal está aprovisionándose por si hay que poner el piso en cuarentena ante otro inminente aviso de bomba.

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