#dondestabas

El pasado 11 de septiembre una tormenta de mensajes de lo más variopinto invadió las redes sociales. Profusión de tuits se iban acumulando bajo la excusa del desafortunado aniversario. Cada uno de los asaltantes de la red se marcaba en apenas 140 caracteres su parte de protagonismo en un día que ha marcado especialmente a este joven siglo. Con ese desparpajo casi grosero que tiene el creernos el ombligo del mundo y el epicentro del universo, con esa coraza de vanidad que nos confieren las redes sociales, nos lanzamos a recordarle a los demás nuestra vívida experiencia. Teníamos que formar parte de la Historia. Requeríamos nuestro minuto de gloria, por más que nos hubiéramos encontrado a miles de kilómetros de la Zona Cero.

Discúlpenme que les quite el velo, pero poco o nada importa lo que cada uno de nosotros hacía el 11S a las 08.46 hora local. Si estábamos en la peluquería con los rulos puestos como si estábamos preparando una lubina a la espalda, con su cayena, su perejil y su ajo. Si nos pilló en un café descubriendo que nuestro padre no era quien pensábamos o en la cama de un desconocido descubriendo que el deseo y el interés no eran para tanto artificio. No importa.

Como tampoco importa dónde estaba el presidente. No estaba, es de cajón y está documentado, en un caza de la fuerza de elite salvando al mundo en el último segundo mientras el resto de los mortales contenía el aliento y cerraba los ojos, tal y como hemos aprendido de tantas y tantas películas. Da lo mismo que se encontrara en una escuela intentando descifrar el encriptado código infranqueable de un libro infantil que había caído en sus manos por azar. Da lo mismo que transparentara una cara que ha pasado a la Historia, en la que vislumbramos claramente lo que estaba viendo, por mucho que intente justificarse una década después: otra cara. La que iba a poner su padre cuando se enterara de su aparatosa metedura de pata.

Como tampoco importa dónde estuviera el responsable, haciendo snurfer en el Penedès o jugando al billar en Islamabad. Ni importan las verdades a medias; las medias tintas; los recelos que se vivieron antes, durante y después del atentado; los informes perdidos por el FBI; los callados por la CIA; la teoría físicamente casi insostenible del tercer avión; el cinematográfico heroísmo de los pasajeros del cuarto avión; el virtuosismo de unos pilotos que se dejaron el manual de aprendizaje en el coche; la aparatosísima puesta en escena de Al-Qaeda, siendo la única ocasión que han dejado las bombas de lado; y un largo etcétera de excentricidades que quedarán a buen recaudo en los almacenes más olvidados de las agencias de inteligencia estadounidenses.

Todo esto son sandeces, comparado con lo realmente importante: la desesperación que se alcanzó en el intervalo entre el derrumbamiento de la torre Sur y la Norte; el sonido extraño y confuso que provocaron los primeros suicidios al impactar en el suelo; los rostros y los maletines desorientados, envueltos en ceniza; el despertarse sabiendo que muchos de los sobrevivientes no tuvieron más remedio que respirar, más que probablemente, restos de seres humanos que unos minutos antes eran sus compañeros, sus vecinos, sus hermanos, sus salvadores.

Recordemos como se merece a esas víctimas, como deberíamos recordar a todas las víctimas del terrorismo. Recordemos el dolor y el miedo para ir superándonos en cada nuevo despertar, para dejarlos de lado. Y dejémonos de estupideces, de mandarnos besitos en el reflejo del móvil como si fuésemos estrellas de cine.

¿Dónde estábamos? Es indudable que no bajo los escombros. Es indudable que no portando mascarillas para evitar respirar restos humanos. Lo que queda es silencio.

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