SI ALGO NOS ENSEÑA LA SUERTE ES QUE NO TODOS PODEMOS SER RICOS (PERO SÍ MAMARRACHOS)

No todos podemos ser ricos. O, al menos, es lo que los ricos pretenden, que no lo seamos. Esto, que es una Perogrullada del tamaño de la desolación de ayer en Buenos Aires, no lo parece tanto, cuando entendemos que todos ansiamos serlo. En vez de mirar para otro lado, luchar por lo digno y lo necesario y así, de manera tan simple e informal, vivir felices, nos morimos de pena por un espacio de tiempo impredecible cada vez que no acertamos un Euromillón de esos que reparte cada mes una cantidad de la que ni tan siquiera sabemos su significado. El mundo, por ejemplo, se ha desmadrado tanto que da lo mismo lo que nos toque en el sorteo, da lo mismo cuál sea el rimbombante número de ceros que haya a la derecha. Al final, si te pones a pensarlo fríamente sólo da para comprarte una casa. Si te tocan 300.000 te da para una casa y si te tocan tres millones también, porque casas hay de todos los precios, siempre que éstos sean imposibles de alcanzar, como los sueños. Estoy convencido que, de proponérselo, el señor Isla podría gastarse los 13,7 millones de euros en acciones que le ha dado Amancio Ortega por convertirse en el presidente de su grupo en una sola casa. Y aún le faltaría para amueblarla.

Por eso, queremos lo fácil e inminente. Mejor dicho, lo deseamos. Y ya que nos toca a la puerta la suerte por una vez en la vida queremos el escaparate completo, sin saber lo que hay detrás, ni los costes que vamos a pagar por ello. ¿Por qué conformarse con un premio de 400.000 cuando a otros ya les ha tocado 12 millones? ¿No tengo yo el mismo derecho que ellos? ¡Pues hala, a desear lo indeseable! ¡Y a ponerle velas al santo de turno! Luego nos preguntamos por qué los tiranos se adhieren al sillón de su trono con cola Darson. Discúlpenme, pero la suerte no es un derecho adquirido por el hombre, que yo sepa. Todo individuo tiene derecho a la suerte. Eso no lo he visto yo escrito en ningún lado.

Como tampoco entiendo cómo es posible que la gente siempre desee el premio más gordo, que hoy haya gente que piense que 300.000 no es una buena dádiva caída del cielo, suficiente para darnos un empujoncito que dure muchos años. Señor Gomez, ¿no entiende usted, por tanto, que con eso tendríamos que seguir trabajando y comprando a plazos con la tarjeta de El Corte Inglés? ¿Y? ¡Pues que da asco que te toque una mierda en la lotería que sólo da para pagar la hipoteca! ¡¿Sólo?!

Bueno, ya lo saben, vengo de otro planeta. Soy de los que piensan que la suerte, actualmente, en realidad es que salgas de marcha hasta las ocho de la mañana en unas fiestas patronales – invento del diablo, que diría Forges – y que no te tropieces con un desalmado que te endose garrafón; o que en el Carrefour no te cobren algo incorrectamente en una misma tanda, que no haya un artículo de más, que el precio de las maquinillas de afeitar sea el apropiado, que la promoción del 3×2 haya sido hecha; la suerte es que tomes café a las horas del café en algún lugar decente y: a) que la música no esté estridente aunque os encontréis el camarero y tú solamente y b) que suene de repente Stairway to Heaven, una de las canciones más olvidadas del mundo en los últimos quince años; la suerte es que tu hijo, con 20 años, no haya probado ningún tipo de drogas; la suerte es formar parte de la mañana y de la lluvia, como dice el señor Murakami; la suerte es despertarte una mañana de junio y que te abanique una sonrisa que duerme a tu lado, después de diez años soportándote.

Eso debería parecernos la suerte: algo fortuito y hermoso, como un arco iris tras la tormenta, como decidir entrar a tomarte la última copa a un garito en solitario y que una chica decida acompañarte, algo que nos haga llorar de emoción por sí solo, sin necesidad de ir con un cheque por delante. Como cuando íbamos al colegio y tropezábamos con un duro y nos daba un subidón de azúcar con las gominolas que comprábamos y pensábamos que Dios quería trasmitirnos algo, que éramos unos afortunados y que nos guardaba lo mejor para después. Por aquellos entonces, uno de mis sueños recurrentes era que me encontraba dinero. Afortunadamente, con el tiempo se ha ido evadiendo ese sueño. Hoy me conformo con lo que me devuelve Hacienda, porque, para mí, eso ya es una suerte.

 Canción del día: Stairway to Heaven, Led Zeppelin

p. d. Leído en Días de Radio el 28 de junio de 2011

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