ABRELO, ABRELO… DESPACIO Y ESCUCHARÁS TAMBIÉN EL CANTO EN TU CORAZÓN

Cuando escribo esto, mi casa está en silencio absoluto y sólo el vibrante y frenético sonido de gaitas me hilvana los pensamientos. Vienen de lejos, cruzan aduanas para llegar a los aeropuertos más cotidianos y se instalan en un fácil aterrizaje en mis auriculares.

Es viernes por la tarde y quedan unas horas para que expire la campaña electoral. En unos minutos saldré a cenar y a reírme con los amigos y cuando regrese a mi hogar, será probablemente jornada de reflexión. No se sabe aún, por lo tanto, el resultado de tan singular campaña, aunque los confiados de siempre radicalicen el voto y apremien en las encuestas a todos a ir a por el pleno absoluto.

Cuando escribo esto, tengo a Mariano Rajoy mirándome sonriente, con corbata Burdeos y un traje a juego con sus ideales azules, desde la última carta de propaganda electoral llegada a mi nombre. Está seguro de sus aciertos, pidiéndome el voto, llamándome amigo y exigiendo mi colaboración para solventar los acuciantes problemas que desgobiernan este país.

Yo lo miro, condescendiente, a su vez, y no me preocupa dialogar con él. Ya veo que no lees mis escritos ni escuchas mis columnas. Pero aún así, voy a darte una respuesta. Creo que el 17,5% de mi sueldo mensual más el 0,7% que dejo en Hacienda anualmente para servicios sociales es una ayuda generosa. O, al menos, a mí me lo parece, pero aún así.

La lluvia va amainando, ajena a nuestro diálogo. El fin de semana se anuncia propicio para la fiesta de la democracia. Lucirá el sol y no habrá excusas para quedarse en casa.

Y sin embargo, a pesar de esa última luz diurna previa a las tinieblas, mi corazón no está en ese atardecer pleno; no está con Morrisey, que ya ha pasado; ni con las gaitas, de las que hablaba antes; ni siquiera está con el dolor de escuchar al maestro Morente, ahora que me pregunta quién me escribirá canciones de amor. Mi mente está mucho más allá, siguiendo el horizonte, a casi 400 kms de mi hogar.

Sí, lo reconozco. Reconozco mis miserias, pues debería estar puesta en Lorca, quitando cascotes y demandando construcciones honestas o, al menos, que realmente valgan el precio justo por el que nos hemos hipotecado por ellas. Sin embargo, son diferentes las latitudes en las que me encuentro ahora. Mi mente está en el kilómetro cero, retozando como un párvulo con zapatos en charcos de nieve descoagulada. Abro de par en par las cortinas de las informaciones que llegan desde Madrid, despacio, como recomienda Vetusta Morla. Me empapo de las manifestaciones solidarias y de la revuelta social que los castros silenciosos e improvisados, pacíficos y panfleteros, han ido generando entre los transeúntes de las redes sociales.

Si yo fuera político, estaría mosqueado. He de corregirme, discúlpenme. Estaría preocupado. Iría a un mitin levantando la cabeza y haciendo comparaciones. Siempre en la Puerta del Sol, parece ser, desde el día 15 hay más gente que en cualquier mitin que se haya hecho desde entonces.  Y, sobre todo, más curiosos. Que en vez de ir alzando la banderita plastificada a por la visera de turno o a por el bolígrafo gratuito del partido van a ofrecerse, a echar una mano, a llevar paquetes de arroz o cafeteras recién salidas del fuego lento de la injusticia social, a acercarles pisto y muestras de apoyo, a dar su conformidad, a bendecirles, a pedir disculpas por no poder acampar, por no tener el tiempo necesario, la suficiente predisposición o por tener un pequeño al que reclaman mil atenciones. No todos tenemos, al fin y al cabo, una tienda de campaña o un hornillo. Van porque en su garganta también se encuentra el nombre de un amigo, un cuñado o un hermano que ha agotado el paro, ha tenido que malvender su piso o ha salido pitando a otro país en busca de una beca para sus hijos.

Si yo fuera político, no analizaría el por qué, por supuesto. No tendría que hacerlo. Me bastaría la convicción férrea y universal de mi partido de que no es culpa nuestra, o de que esa supuesta indignación está corrupta y manipulada por unas manos siniestras. Me valdría con pensar que no me afecta en absoluto y subiría al estrado a criticar al antagonista de turno, con voz firme y serena. Pero creo, o me conozco poco, que en cada pausa estaría preguntándome por qué en Madrid seguiría habiendo más gente. A título personal, claro está. Al margen de mi partido, pero me lo preguntaría. Al fin y al cabo, la duda nos hace más sabios, ¿verdad?

Pero no soy político y desde mi primera decisión en las urnas he creído en las minorías, he defendido a ultranza el multipartidismo para no temer en un futuro una democracia a la americana. Para no depender de bandos, que me traen malos recuerdos, funestos.

Cuando escribo esto, por tanto, lloro. Lloro de emoción y orgullo. Es la primera vez en casi 39 años que mis compatriotas me hacen llorar de orgullo. Y me congratula no ser político. Porque de serlo, ahora mismo estaría acojonado.

Canción del día: Please, please, please, let me get what i want, The Smiths

 p. d. Leído en Días de Radio el 23 de Mayo de 2011

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s