EXONERAR LAS MANCHAS Y LOS PECADOS

Massimo Percossi / EFE

He ido a recoger de la tintorería el traje del último evento social, donde un avispado camarero dejó caer unas gotitas imprecisas de salsa de higos dulces en la espalda de mi chaqueta. He comprobado que las manchas han salido y por lo que he pagado casi nueve euros, un montante relativamente normal por dos prendas tan delicadas, aunque el traje no sale de un presupuesto moderado. Y revisando el ticket, por puro sport de comienzos de semana, he visto la observación del papelito. Claramente se veía el vocablo EXONERACIÓN. Así, en mayúsculas, al lado de MANCHAS. Y me ha sacado de mi apacible sinsentido de los lunes primaverales porque no encontraba el significado explícito de tal vocablo. He ido al diccionario, lo que me ha sumido en pensamientos más profundos y en ciénagas más insondables. Según mi fiel compañero etimológico, sigue viniendo del latín, tal y como yo recordaba. Y en la vigésimo-primera edición, que me acompaña desde los tiempos universitarios, sólo tiene una acepción, referida al verbo exonerar. A su vez, éste tiene dos acepciones. Una, la segunda, totalmente descartada en tal contexto, pues habla de separar, privar o destituir a alguien de un empleo. Mientras que la primera,  tampoco me sacaba de mis cavilaciones, ya que se trataba de aliviar, descargar de peso, carga u obligación y no pegaba mucho con las manchas. Al menos, en mi universo.

Como no es mi carácter lo de quedarme a medias en temas etimológicos, que para eso mi familia me costeó una carrera, he pedido la asistencia del diccionario más reciente, que tiene una edición posterior al mío. Sin embargo, para mi decepción, se mantiene en sus trece de acoger solamente dos acepciones, lo que me consuela, pues me ahorra un dinero en futuras inversiones etimológicas.

Continúan así mis investigaciones. Intento aplicar el sentido de la lógica al sintagma nominal EXONERACIÓN MANCHAS TEXTURA, tan de siglo XXI y esquemático, a cualquiera de las dos acepciones. Indago un poco más por la red y hallo una acepción nueva, a modo de locución venida de vaya usted a saber, pero con mucha más lógica que la de las manchas. Se trata de “exonerar el vientre”, cuya referencia a las deposiciones queda más que demostrada con sólo un soplo de viento de la imaginación. En este sentido tendría cabida lo de las manchas, puesto que es la idea preconcebida de expulsar las manchas del traje, algo obvio y por lo que yo pagué los casi nueve euros previamente.

Pero como sigue sin resultar contundente, por muchas similitudes que se obtengan, emprendo una nueva búsqueda y es la de un diccionario jurídico. En este caso concreto, el Guerrero, que viene de Méjico, pero cuya definición de EXONERACIÓN resulta mucho más preclaro, de acuerdo con la intencionalidad del papelito que, previamente a la entrega del producto final, he firmado y he pagado. En términos jurídicos, hablamos de dispensa total o parcial del cumplimiento de la obligación tributaria concedida por el Ejecutivo Nacional en los casos autorizados por la ley.

Y aquí estamos, ahora encaja todo, como piezas de puzzle de tarde de lluvia, herméticas en su unidad y distintivas en su conjunto. Ya hemos llegado al final del camino.  Acogiéndonos al más que indicado y afortunado doble juego de la acepción – aliviar de una carga (en este caso sería la mancha o su asqueroso plural, tan sucio) y dispensar del cumplimiento de la obligación –  comprobamos que los de la tienda nos han tomado el pelo descaradamente, al obligarnos a firmar una dispensa del desplazamiento total de las manchas de tu ropa al cajón del olvido, pasando por la secadora de los recuerdos tibios.

En algo tan trivial se acepta la total idiosincrasia de toda una nación. Somos así y de este concepto de ombligo del mundo no nos sacan ni con lluvia de meteoritos. Ponemos una tienda para borrar las manchas, pero obligamos al consumidor a pagar por algo que no sabemos si resultará finalmente; y le ponemos en sus narices la constancia de que él está de acuerdo de que cabe la posibilidad de que nuestro servicio no sea lo esperado. Luego mi querido amigo, el columnista Enrique Falcó, se echa las manos a la cabeza cuando nos compara culturalmente con los nipones, que han dejado pasmado a todo el mundo por su cuajo a la hora de sacrificar su vida por la responsabilidad y por su deber con la nación. Y dice que eso aquí sería cívicamente imposible. Porque nuestro modelo a imitar, según él, es el pillo, el que se hace unas pelillas a costa de cualquier cosa, por ultrajante que sea.

Viendo que ya estamos en la tesitura de ofrecerle a nuestros vecinos un servicio del que, previamente, nos exoneramos a cumplir total o parcialmente, habrá que ir dándole la razón al señor Falcó y coger los bártulos para irnos a darle nuestros esfuerzos y dineros a otros, menos golfos. O que, al menos, no se exoneren de su deber de ciudadanos.

Canción del día: La Quete, Jacques Brel

p. d. Leído en Días de Radio, el 22 de Marzo de 2011.

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