A LOS AUDITORIOS DE LA POESÍA

No sé lo que opinará el resto de mis compañeros de gremio – o sí lo sé y me importa poco que me contradigan -, pero para mí no hay público más reconfortante como auditorio de poesía que aquel que aún pueblan los vívidos y burbujeantes pasillos de los institutos. Sé que puede sonar a paradoja, máxime cuando ustedes ya van conociendo mis ideas sobre cómo estamos infravalorándolos y maleducándolos, pero siempre que he tenido este tipo de auditorios la experiencia ha sido más que reconfortante. Su capacidad para la sorpresa está inmaculada, es reciente y, aunque no lo parezca, está más atenta ante lo que es diferente; hecho notable y principal para el autor que el resto de sus auditorios ha ido perdiendo, puesto que los lectores de poesía son cada vez más autodidactas y acuden en masa – es un decir – a los acontecimientos no para escuchar y aprender sino para aprovechar y darle al autor de moda sus credenciales y su obra completa, pues parece ser que éste ha venido a su ciudad no invitado a una fiesta del verso, sino a conocer a quien, sin duda, es el consagrado autor local que algún día triunfará gracias a las noches de farra con los autores y los constantes mensajes privados en el móvil para conseguir ciertos favores en tal o cuál revista.

Todo ese microcosmos atosigante de rencillas y miradas de baja estofa se pierde cuando uno se enfrenta a un público estudiantil. Su aburrimiento, al menos, es sincero y no enlatado, como el de los otros. Es por ello que los poetas buscamos siempre en nuestros particulares conciertos a las groopies que nos llevamos, es decir, a los amigos o algún familiar para buscarle con la cabeza en los momentos en que nos encontramos fuera de lugar y tenemos ganas de salir corriendo porque sabes que por mucha metáfora barroca que insertaras en tus textos los demás seguirían pensando que ellos escribirían mucho mejor con la punta de sus lápices, siempre preparados.

Así, preparándome la antología sobre la que disertaré dentro de unas semanas en Cartagena, donde he sido invitado, me voy dando cuenta de que he ido focalizando cada uno de los poemas a ese hipotético auditorio imberbe, que, siendo anónimo, tantos momentos buenos me ha dado. Mi idea, difícil, es provocarles el ánimo para un posterior diálogo. Suelen ser sus preguntas las más complicadas de responder, pues no cuestionan lo humano, sino lo divino. Suelen preguntarte, por lo habitual, por qué tu poesía no rima y uno les contesta que eso ya lo hacían excelentemente otros y que los Quevedos son irrepetibles, así que ni te molestas en perder el tiempo queriendo emularlos, porque es tarea imposible.

Pero antes vendrá la pregunta del millón: ¿por qué todo el mundo dice que es tan necesaria la lectura? Y ahí sí que me pilla el toro, porque mi respuesta va mudando según las edades diferentes por las que me ha tocado pasar.

Hasta hace bien poco les diría que leer es una de las cosas más importantes del mundo y que sirve para hacernos mejores personas, pero todos sabemos que es mentira, una de las mentiras más sucias que se nos han impuesto. Mi abuelo es una de las personas más buenas de este mundo y no lo he visto leyendo un libro jamás. Hitler leía y la lió parda. Como dice Javier Marías los que leen libros son minoría. Y por mucho que te rodees de ellos tu mundo no va a ser mejor ni más fácil ni más bueno que el de los no lectores. Además, el simple hecho de que, como lector, te sientas superior a los potenciales analfabetos ya es una actitud menospreciable o barriobajera. Eso lo descubrí en la aldea de Da Xu, perdido en las postrimerías del río Li, donde las gentes te enseñaban sus casas sin libros y te ofrecían sus asientos por un par de monedas y pensar que yo, autor de libros y escritor de columnas, estaba por encima de ellos gracias a que puedo citar constantemente a Pessoa o a Kavafis es una soberana mierda, señores. Y así tendría que decírselo a esos alumnos que me aguardan.

Eso de pensarse guay porque eres escritor es un acto de soberbia que debería de ser punible. Unas cuantas páginas antes de que comentara Marías lo expuesto con anterioridad, Shane Jones, el enésimo autor de moda – de los millones que cada mes aparecen entrevistados por los suplementos culturales definidos como el joven talento que ha de cambiar nuestras vidas (o, siendo menos pretenciosos, el siglo XXI) – respondía afirmativamente a si todavía es más cool escribir que formar una banda de rock. Dice que sus colegas que han colgado las guitarras cumplidos los 30 le respetan por tener un reconocido trabajo. Este loable neoyorquino no sabe la que le espere cuando después de su tercera novela no le ladre ni el perro de los vecinos cuando se cruce por el pasillo y su nombre se confunda con el de la célebre atleta de idéntico apellido.

Así que imagino que cuando a sus chicos les explique que no hay que leer, que sólo trae problemas, como afirmaba recientemente la poeta Miguel, los profesores se guardarán el recuerdo de mi visita que me tenían preparado y borrarán mi bibliografía para toda la eternidad. Así que una última recomendación, muchachos: al igual que no lo es introducirse en el universo de Paul Auster o Vila-Matas, decir siempre la verdad no es sensato.

Canción del día: Help, I’m alive, Metric

 

p. d. Leído en Días de Radio 23 de Febrero de 2011

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