UN ASCENSOR DE NUEVA YORK

En mi último sueño, estoy esperando un ascensor en Nueva York. Sé que estoy allí para visitar a un desconocido. A quien, finalmente, por las vicisitudes de lo absurdo, no consigo alcanzar, pues la narración se detiene antes de llegar a su despacho. Creo que mi desconocido tiene que ver con el mundo de las editoriales. El edificio es antiguo, de los años 30, copiado de alguna película, con pasamanos señoriales y botones hasta en el ascensor. Mientras espero, escucho ruido de personas que descienden y, tras el sonido de los pasos, aparecen los hermanos Calatrava, que van vestidos muy deportivos, con chaquetas de cuero y vaqueros. Me cuesta unos segundos reconocerlos y reubicarlos en un lugar tan inusual para ellos como para mí. Ambos llevan una bolsa de viaje y hablan entre ellos, pasándoles desapercibida mi presencia, a pesar de que me quedo estupefacto mirándolos. Recuerdo que hasta en el propio sueño lo flipo por lo atípico de mi encuentro. Luego llega el ascensor y subo al encuentro que tenía programado, cuando el botones me invita a entrar. Por el espejo, veo cómo el pequeño de los hermanos Calatrava hace señales para pedir un taxi.

Moraleja: Nunca es bueno acostarse después de las siete de la mañana.

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