SHERLOCK REVISITED

Cualquier lector que se precie de serlo habrá de regresar con cierta regularidad a la sana lectura de las aventuras de Sherlock Holmes, el inquilino más célebre de Baker Street. Como uno retorna cíclicamente a la Isla Negra de Neruda, a la Roma de Tito Livio o al Nueva York de García Lorca, pero en versión superlativamente deductiva y egoísta.

Pocos escritores reconocerán su deuda impagable con el violinista frustrado, nadie está dispuesto a reconocer que es mucho más confortable y reconfortante leer a Conan Doyle que a Joyce o a Ezra Pound. También es porque hay muy pocos detectives que hayan sabido estar a su altura, por más que hayan sido encarnados o reencarnados por actores mucho más mediáticos, en la gran o en la pequeña pantalla. Pienso por ejemplo en el Sam Spade que Bogart bordara en El Halcón Maltés. No ha corrido Holmes, el inimitable, la misma suerte, no. No han sabido conferirle los que se han disfrazado de él una cara universal, ni siquiera Peter Cushing o Robert Downey Jr. Ni siquiera atribuyéndole el claro paralelismo que hay entre el doctor House y nuestro Sherlock ha conseguido Hugh Laurie que pensáramos en él como el inquilino perfecto de Baker Street.

Por su status de personaje que ha sobrepasado la ficción, y ha avivado la leyenda de que realmente existió y dedujo a sus anchas por la capital del Imperio victoriano, si a alguien se le ocurriera ofrecerle a las narraciones de Conan Doyle el rango de Patrimonio Oral de la Humanidad o alguna chorrada de características similares no extrañaría a nadie, puesto que el meditabundo fumador de pipa ha trascendido mucho más que su autor, hasta el punto de que éste recibió una carta amenazante de su propia madre advirtiéndole de que jamás pondría en peligro la vida de su personaje. Que se cuidaría muy mucho de hacerlo. Como todo buen hijo, Conan Doyle acabó desobedeciéndola y todos sabemos cómo tuvo que rescatar de las fauces de la muerte a su personaje para satisfacer los deseos del público, acudiendo hasta las cataratas de Reichenbach, el acantilado donde lo dejara yaciente por primera vez. Para aquella época, Holmes ya recibía numerosas cartas diarias, tanto en el domicilio de Baker Street como en el propio del autor, pues era un ser vivo para la imaginación de la gran mayoría de sus lectores.

No hubiera sido una mala idea que esto ocurriera, pues así se habría evitado lo de la lucha por la sucesión que se ha desatado y que termina este año con la aparición de una nueva novela sobre el primer detective consultor. El fraude es viejo. Epígonos de Conan Doyle resucitadores de Holmes ha habido siempre. Pero ahora, los herederos de la inmortal obra han decidido darle plena potestad a un prácticamente desconocido escritor, Anthony Horowitz, para que continúe con las aventuras y para que mantenga vivo e intacto el índice de ventas, perdón, quise decir el espíritu del detective y las ansias de su séquito de fans, tan numeroso y reconocible que hasta los forenses de Grissom le hicieron un homenaje en una de sus temporadas.

Miedo me da pensar lo que acontecerá después y todos los fuegos artificiales que vendrán. Si no ha sido suficiente con la adaptación esperpéntica de Guy Ritchie, en la que sólo falta el histrionismo de Jackie Chan para darle el toque de pista de circo, y con la amenaza consumada de perpetrar una segunda parte en la que se enfrentará a su archienemigo, tendremos que apechugar con toda la mercadotecnia que pronostica esta ubérrima decisión.

Este año he decidido regresar una vez más a Sherlock Holmes, a pesar de lo que se nos viene encima. He recuperado el primer volumen de los cuentos imprescindibles que Jesús Urceloy recopiló para Alianza Editorial en 2008, ya que el primero que adquirí sufrió un pequeño percance en el trastero de mi anterior casa, cuando se vio bautizado por un frasco de confitura de reina claudia mal cerrado y con muy malas pulgas, que convirtieron las páginas de Conan Doyle en algo tan almibarado que provocaba úlcera a la propia Corín Tellado. De paso, he aprovechado la ocasión para conseguir las dos primeras novelas, Estudio en escarlata y El valle del terror. Su relectura tiene mucho que ver con el descubrimiento de una miniserie realizada por la BBC, una de las mejores revisiones que se han hecho del personaje que inspirara, muchos años después, al Guillermo de Baskerville de El nombre de la rosa de Eco. Ambientada en un Londres muy actual, Sherlock, apoya su efectivismo tanto en el soporte cómplice de las nuevas tecnologías como en la trascripción de las historias de Conan Doyle, que casi coinciden en ciertos pasajes con la traducción que Álvaro Delgado Gal hiciera para la editorial anteriormente nombrada, por poner un ejemplo de su fiabilidad. Así, podemos ver a un joven detective enviando mensajes por el móvil a la prensa, para evidenciar los crasos errores en una investigación del vacilante Inspector Lestrade.

Como dijo Borges, una de las buenas costumbres que nos quedan es pensar de tarde en tarde en Sherlock Holmes. Acudan a la materia prima, donde el habitante inmortal de Baker Street continúa deductivamente vivo y lean a Conan Doyle. Sin duda alguna, verán las cosas de otro modo, y dejarán de tenerle miedo a la niebla eterna londinense.

O no, y también tendría su encanto.

Canción del día: La Reina de Inglaterra, Grupo de Expertos Solynieve


p. d. Leído en Días de Radio el 7 de febrero de 2011

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Un comentario en “SHERLOCK REVISITED

  1. me alegro de coincidir contigo en la admiración por la serie de la bbc, la he intentado comentar con devotos, como yo, de S. H. y nadie parece haberla visto

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