THE LITTLE DRUMMER BOY / EL TAMBORILERO [VERSION IMPOSIBLE #11]

Cuando en 1941 la señora Davis, de nombre Katherine, escribió para su piano la melodía de Carol of the Drum con la sana idea de amenizar aquellas grises navidades (envueltas en el papel celofán de una guerra mundial) no era consciente de todo lo que vendría después y de cuántos sin sabores iba a traerle aquel ataque de inspiración hasta su muerte en 1980. Hoy es uno de las canciones navideñas más populares de todos los tiempos, desde que Harry Simeone la incorporara en su álbum del 58, y le cambiara el nombre original hasta convertirla en la reconocible The Little Drummer Boy, que hasta nosotros ha llegado como El tamborilero, por la celebérrima adaptación cantada por Raphael.

En su día, antes de tanto revuelo, a la señora Davis se le ocurrió que un niño pobre, incapaz de hacerle un regalo al niño Jesús, tocara su tambor para conmemorar la nueva venida, ante la aprobación de la Virgen. Milagrosamente, el recién nacido sonríe al tamborilero en un acto de gratitud del que nada se dice en los Evangelios.

De ella se han hecho más de doscientas versiones. Desde la alemana en el 64 cantada por la mismísima Marlene Dietrich hasta la versión francesa de la Mouskouri. Sin olvidarnos de las que hicieran gente tan dispar como The Supremes, Stevie Wonder o Bing Crosby. A partir de los ochenta la cosa se desmadra aún más: la recogen en forma de grabación New Kids on the Block, Al Bano & Romina Power (en italiano), Kenny G o las Destiny’s Child.

Pero sin ningún género de duda, de todos los candidatos a versión imposible la palma se la lleva de calle el señor Dylan, que nos sorprendió a todos las navidades anteriores con un disco de villancicos de significativo título: Navidades en el corazón. Era su disco número 34 y uno de los más atrevidos y arriesgados, aunque no lo parezca. Porque no se puede hacer peor, lo de cantar un villancico, digo. Su abominable interpretación sólo es digerible por los dylanianos más acérrimos, y soy consciente de que ni tan siquiera ellos se salvan de saltarla en cuanto se escucha el primer ropopom-ropopom. Es como la auténtica prueba de fuego para un mitómano de Bob Dylan. ¿Quieres demostrar que te gusta el genio de Duluth? ¡¡¡Pues trágate el disco de los villancicos sin rechistar, a ver si puedes!!!

A día de hoy, que sepamos, nadie ha salido defendiendo este particular tamborilero, de la grima que da. Sería ideal para espantar a los niños y chantajearlos – como si de controladores se tratara – para que obedezcan cuando no se comportan como es debido. Serviría, incluso, como banda sonora en los minutos de suspense de una hipotética segunda parte de Pesadilla antes de Navidad. Unos minutos con el viejo y decrépito Dylan de este villancico y verá como su niño ni chista hasta pasado el día de la Epifanía de los Reyes. Versión ideal para todo tipo de actividades, ya les digo: desde molestar a nuestros vecinos cuando nos traspasen con el estruendo de sus matasuegras nuestras paredes de papel y amenazarlos con ponerla en un bucle de repetición ad infinitum si no bajan la televisión cuando las campanadas hasta para robar una sucursal bancaria, utilizándola como amenaza en un radiocasete mazacote de los años 90.

Oyendo la versión de Dylan – escucharla es prácticamente privilegio de magos – la visión de la Navidad se nos aja y se nos agua, quitándonos hasta las ganas de poner el belén en casa. Uno se imagina a Santa Claus tumbado en su sofá atizándole a la botella de vodka y viendo la teletienda hasta las tantas, mientras que, al lado, sus majestades de Oriente juegan una partida de texas hold-em con sus pajes y sus renos.

Por mucho que la intención del maestro fuera donar la recaudación de este trabajo a una ONG y al Programa Mundial de Alimentos de la ONU, por más que manifieste el hombre de las mil caras que sus nietos estarán orgullosos de él, este tamborilero es tan insufrible que uno termina cantando la versión de Ramoncín, cuando la haga.

Versión Original:

Versión Imposible:

p. d. Leído en Días de Radio el 23 de Diciembre de 2010.

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