MARTES DE CARNAVAL

Llueve. Es martes de carnaval y llueve. En las calles de mi ciudad, todo está cerrado y la gente sobrelleva la resaca como mejor sabe, enterrando la sardina. Tuve noticias hace poco de que la tradición de dicho entierro se introdujo en nuestro país por una partida de pescado en malas condiciones en la Villa de Madrid durante los tiempos de Carlos III. La ciudad había demandado cantidades desorbitadas de pescado para sobrevivir a la cuaresma y llegaron en mal estado. La intención del soberano cristiano era que todo el mundo comiera pescado el miércoles de ceniza. Literalmente, hubo que enterrar las sardinas, para que el olor de la descomposición no atrajera a las enfermedades. Pero como aquello era España, el desorden y el caos se convirtieron en fiesta y hasta hoy.

Todo eso acontece fuera en el mundo, tras los ventanales que traen la lluvia en vivo y en directo, con un suave repiqueteo en el aparato del aire acondicionado. Tan inútil aparece hoy, tan inservible. Dentro de mis paredes leo la Circe de Julio Cortázar y observo cómo se acumulan las lecturas que he ido acumulando para la pronta venida de la primavera. Novedades y relecturas, tazas de té con cuentos, tazas de café con poemas, tardes de lluvia, esperar a que el tiempo avance calmo y traiga los cerezos del Valle del Jerte en flor y vuelvan los escotes de las chicas a atiborrar el centro de la ciudad de papelillos de colores y escaparates llenos de margaritas y daiquiris.

Marzo lluvioso, ya lo dice el refrán. Traerá marzo tardes melancólicas, de trufas y bombones retardados de la navidad esperando al lado de la cava de los licores. Traerá nervios y acuses de recibo e insultos entre los políticos nacionales; unos abocados al fracaso, otros obligados a aplastar con su mayoría absoluta para reconducir el país, aunque ni en la Cochinchina sepan hacia dónde quieren reconducirlo. Traerá noticias extrañas, como la explicación excesiva e innecesaria de ayer en el telediario público nacional de la infección urinaria de uno de nuestros Vicepresidentes. Ello le obligará a rescindir los contratos de su agenda por unos días. La infección, se remarca, es debido a la diálisis, al parecer, que se le practicó para descartar un cáncer de próstata. Excesivo, innecesario. A veces no sabemos controlar los torrentes de información y nos estallan en las ideas, bloqueando nuestro cerebro, que pronto opta por resetearse y volver a la contemplación de la lluvia, tan monótona como sinfónica.

Me gustaría ser el pasajero de la lluvia. Moverme como Iggy Pop entre las nubes grises de la noche y la tormenta. Abstraerme del final del invierno como cuando perdemos la noción del tiempo y la velocidad a través de las ventanillas de los trenes y pensamos que el espacio transcurre mucho más rápido que el tiempo y que éste nunca le daría alcance si la distancia siempre fuera en un TALGO, aunque el tiempo tiene sus artimañas y suele llegar puntual, a pesar de los enconados esfuerzos de la RENFE y otros secuaces.

Me gustaría poder parar la lluvia con el movimiento de mis párpados cansados de mediodía, mientras estoy atento al borbotar de la carne en el horno y así poder dejar la lluvia inerte, suspendida en el aire, sin respirar la tierra hasta que fuera a darle una vuelta al asado y regresar para ver la danza improvisada de las bailarinas que el dios Degas ha puesto en este final de carnaval tan poco carnavalesco.

Me gustaría que mañana no fuera miércoles de ceniza o que siguiera lloviendo hasta el jueves, al menos. Para que el agua caída del cielo, contaminante o no, eso está por ver y analizar, borrara de nuestras frentes las cruces que nos sostienen. Porque todos tenemos una cruz en la frente que nos gobierna. O varias. En forma de lluvia, en forma de paraguas. Ella, la cruz que nos dispone, nos recuerda lo mortales que somos, lo endebles que parecemos desde una cámara suspendida en un helicóptero, como hormigas deambulamos, caóticas hormigas que salen despavoridas, huyendo de un hormiguero en llamas.

Acabará el monopolio de las religiones, los carnavales serán tradiciones olvidadas, pero la lluvia permanecerá cuando nosotros no estemos, oliendo a tierra, respirándola tras su caída, enterrándose en ella, proporcionando vida. Y llegará otro carnaval, donde las flores se disfracen de primavera, de renacimiento y mirarán álbumes de fotos caducos para recordarnos.

Me gustaría ser lluvia y tener un cuerpo donde cobijarme hasta que la tormenta escampe y llame mayo a la puerta, florido y hermoso, con las cruces que sostenemos recién lavadas y oliendo a tierra, a hermosa tierra, tan menospreciada.

Canción del día: Rain – Patty Griffin


p. d. Leído en Días de Radio el 9 de marzo de 2011

Anuncios

Un comentario en “MARTES DE CARNAVAL

  1. Muy bueno maestro, y muy sentido, y al final no has dicho nada de la basura!! una pega, hubiera pegado el rain de los Beatles, la que has puesto no sepuede escuchar porque el video está restringido, pero la buscaré. bravo de nuevo!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s