UN FAMOSO CHUBASQUERO AZUL COMO REGALO DE BIENVENIDA

Inmerso en una jornada laboral aciaga y anodina, encurtida en una recesión del autoengaño, jornada de ciénaga y rencillas particulares, esculpidas a fuego lento en la fragua macedonia de las primigenias rencillas, en Pella, la cuna de Alejandro Magno, el macedonio más reconocido a día de hoy, tirando monedas al cielo por un divertimento absurdo y ancestral, y donde el traicionero, protervo y párvulo azar te remite siempre su reverso por más que reclames algo de fortuna inmerecida, te asalta, aleatoriamente, por descuido, agazapado en el silencio del vértice más recóndito del cielo, en tus auriculares la versión subterránea de Famous Blue Raincoat, interpretada por Marissa Nadler, que la desviste de los cuatro o cinco retales con los que en su momento más álgido la tapara del invierno Leonard Cohen, de ese final de diciembre canadiense que todos hemos temido alguna vez,  imaginándonos cubiertos de nieve y sin poder salir a hacer las compras, trascendentales a esas alturas.

Desprovista la melodía de sus mejores vestiduras, pues, aparece el tema delante de un espejo cóncavo (o convexo, según el juego de luces que importa el sonido de esa guitarra imitando un arpa de Schubert) y te dejas arrastrar y arropar por su sofisticación y recuerdas, a la salida del urinario, que esa canción siempre te conduce a una narración de Cortázar en concreto: Lejana, ubicada en 1951 y en su Bestiario, al que tanto has recurrido, como a su Rayuela y a sus eternos cronopios, y cuya historia te devuelve, (y te refieres al diario de Alina Reyes) sistemáticamente, a un puente en concreto, que nada tiene que ver ni con Budapest ni con el Danubio ni con Nora ni con Alina Reyes; te devuelve, cómo es el mapa de los grandes almacenes de ese centro comercial gigante que es el cerebro humano, a un atardecer en concreto, paseando por el puente Carlos, contemplando toda la hermosura de esa ciudad interminable, Praga, recreándote en la negritud de esa sala de descanso vacía, con telecinco de fondo amartillando y exigiéndote que busques un nombre de mujer que contenga las cinco vocales por 3400 euros de premio y te conmina a llamar por enésima vez, sumergiéndote en lo hermosamente bellas que son sus farolas, las de Praga, es obvio, y la luz recóndita que ellas le proporcionan a la noche, a cualquier noche, por lúgubre y funeraria que ésta sea; te devuelven las manos alfareras de la Nadler a un atardecer de conversaciones con santos de piedra ennegrecidos, enlutados, con los ojos vendados, te regresan una hora azul prendida en los devaneos danzarines de las ocarinas sibilantes y de dibujos artesanales de piraguas en el río Moldava, dibujos azules eléctricos, semejantes a las líneas de las manos, que van meciendo el río y adormeciéndolo hasta el siguiente amanecer indestructible.

Todo eso lo consigue una sola canción. Transportarte a más de dos mil quinientos kilómetros de distancia, a un río sometido por los vaivenes de una piragua, que te dibuja la silueta de las líneas de unas manos, que se entrecruzan con la vida de quien vivió ese instante irrepetible a tu lado, sosteniéndose el uno en el otro y señalando los detalles de las vidrieras de la catedral de San Vito, que engrandeciera años después Alfred Mucha con su visión ensoñadora y vanguardista de una realidad cenicienta y sumida en entreguerras. Y cuando terminas de escuchar las últimas notas de la Nadler homenajeando a Cohen y a su impermeable azul célebre te das cuenta de que después de haber recreado un atardecer en el Puente Carlos de Praga junto a quien te mantiene vivo en el columpio de su sonrisa, poco importan sanvalentines y penumbras, poco importan las miserias laborales, el hecho de que tu empresa quiera, una vez más, buscarte las cosquillas y tengas las manos atadas y poco más puedas hacer; poco importa que no tengas aún, a escasas horas de que ella se levanta y tú te acuestes, un mísero regalo que llevarle a la boca de lo arquetípica y socialmente previsto, porque, mientras le hagas el desayuno le hablarás de Praga, la mirarás a los ojos y le dirás en el silencio de la cocina lo muy dichosos que fuisteis allá. Tras eso, ella sorteará todos los imanes del frigorífico hasta dar con el de la plaza de Starometska y desde su sonrisa abierta de par en par subiréis al alféizar y saltaréis a las profundidades del río Moldava. Y todo lo demás será sanvalentinianamente absurdo, como el discurso de cualquier político o las rencillas que dejaste en la sala de descanso de tu lugar de trabajo.

Canción del día: Famous Blue Raincoat, Marissa Nadler

p. d. Leído en Días de Radio el 15 de febrero de 2011

 

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