PRIMER ENCUENTRO CON EL BRICEÑO

Hubo un tiempo universitario lejano, muy lejano, en el que pasé muchas horas inmerso en las abisales profundidades de una biblioteca mundana y menuda. Tiempo cruel y feliz, al mismo tiempo, pues entre la trinchera que solía perpetrar en mi puesto de lectura, parapetado y camaleónicamente de incógnito entre los diversos tomos y retomos y tomacos y tomazos de los tales misteriosos María Moliner, Corominas y Covarrubias típicos de lo época, donde la etimología era la compañera de las batallas más austeras y donde podíamos recitar las revisiones más exhaustivas de Menéndez Pidal y de todos los primos cercanos del Cid Campeador sin miedo a equivocarnos, había unas veinte mil leguas de viajes submarinos, en las que nos aguardaba, bien guardaditos, toda la magia de la narrativa hispanoamericana del siglo XX. Pero no la de los grandes nombres, no. Allí fuimos conociendo a los Manolo Puig o a los Augusto Monterroso de cada región sudamericana, mucho más menudos estos, fuera de casi cualquier enciclopedia y de casi cualquier tratado de paz. Estaban estos literatos a millones de años luz en las encuestas preferenciales de nuestros profesores, a los que se les llenaba la boca con Borges o Cortázar, con Vallejo o Mistral. En aquella biblioteca no se le hacía ascos a nada. Allí habitamos días enteros, semanas enteras y con la excusa del Mío Cid dábamos vueltas al Último Round de Cortázar o las fábulas de nueva hornada.

Así un día, tropecé con uno de los nombres más rimbombantes de aquella época y con una novelita que resumía prácticamente todo lo que ha sido la tradición más rancia y abolengamente española dentro del panorama hispanoamericano. Retrataba aquel librito, Dos señoras conversan era su título, en un vivo diálogo de dos vetustas cotorras, toda la oligarquía peruana. Su autor, Alfredo Bryce Echenique, no podía ser un donnadie, con aquellos apedillacos tan de clase alta y elitista.

De allí pasé a sus primeras colecciones de cuentos, porque el tal Alfredo comenzó publicando cuentos. Tropecé con su magdalena peruana, donde mostraba bien a las claras que el peruano había leído al maestro Marcelo, es decir, al petulante señor Proust. Así yo también lo intenté con el francés, pero me pasaba con él lo mismo que con el Corominas. Sí, pero no. Interesante, pero demasiada concepción del universo, demasiada digresión para mi gusto de estudiante veinteañero. Pasé de Proust y me concentré en los cuentos de Bryce, mucho más digestivos y que acompañaban mejor el café de las tres y media.

Los libros de este peruano de nombre tan grandilocuente reflejaban muy a la medida el carácter de su narrativa y de su forma de entender la vida. Bryce Echenique era, al mismo tiempo, autor, narrador y personaje en sus novelas. Sus protagonistas no eran heterónimos, pero habían bebido whiskies del mismo vaso que su autor, no sé si me explico. Como él mismo afirmaba en su deliciosa y entrañable No me esperen en abril, los personajes de aquellas novelas gustaban de jugar los partidos de fútbol de manera poco habitual: jugar con un equipo diferente cada tiempo, cosa que en los tiempos que corremos es de pobres de alma y de fatigados de espíritu, no me digan.

Por aquella época también, uno siempre se cuidaba muy mucho de que alguno de sus compañeros facultativos le husmeara en las lecturas, porque el prejuicio estaba garantizado: no había libro que sostuviera que el erudito campechano de turno no me dijera que estaba demodado, olvidado, desfasado o era más aburrido que un congreso internacional de ostras departiendo sobre la influencia de Ortega y Gasset en la poesía de Luis Antonio de Villena. Por eso, más que nunca, me guardaba para mis quehaceres a Bryce, de nombre tan poco comunista.

Hasta que un día, olfateando las estanterías de mi librería favorita di con la mejor novela del peruano: Un mundo para Julius, que, para mi sorpresa, ya estaba publicada en Cátedra, en los libritos negros de texto super-obligatorios. Y desde ese instante respiré aliviado, porque aquello de verlo en Cátedra lo convertía en un clasicazo rancio y ya no había que renegar de él, porque a ver quién es el guapo que reniega de los clásicos en la facultad de letras y no tuve ningún miedo a pronunciar su nombre en vano en ninguna esquina de mi universidad. Tanto fue así que hasta un día me atreví con mi primera ponencia en un congreso internacional, con superpresencias como la de Cabrera Infante o Jorge Edwards y me puse a hablar de las excelencias narrativas y tan cervantinas de Bryce Echenique y un artista invitado vino a felicitarme por mi originalidad tan peruana, y, escuchado por una becaria del momento de rizados y pelirrojos cabellos y nalgas de sobremesa interminable se interesó hasta el siguiente amanecer por la obra tan sumamente cervantina del tal Echenique y ahora aquellas nalgas tan cervantinas son mi auténtica magdalena cervantina, la magdalena más cervantina que jamás me haya llevado a la boca.

Canción del día: J. S. BACH, minuetto in G libro de Anna Magdalena

p. d. Leído en Días de Radio el 22 de diciembre de 2010.

 

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