LA VIDA ES UNA CERVEZA CON AMIGOS (TOMA SEGUNDA)

 

La vida es una cerveza con amigos. Esto ya ha sido dicho aquí con anterioridad, no sé si lo recuerdan. En ella, en ocasiones, los que escribimos vivimos una suerte de vivencia similar a la que le hizo sufrir Cervantes a su Alonso Quijano. Y no me refiero a la de inculcarle tanta ficción que creyó en ella hasta querer emularla, pensándola real. No. Me refiero a lo de hacerle vivir la realidad de que él era verdaderamente el Quijote, un caballero andante de múltiples aventuras, gracias a las ficciones que de él habían leído diez años antes los personajes con los que se van encontrando en la segunda. Ya saben: todo eso de la modernidad, que viene de 1615.

Y hoy tengo delante de mí un trozo de realidad de esa ficción que escribiera en su día, en la que hablaba de la vida y de la cerveza. Y, sobre todo, hablaba de los amigos.

Desde que lo viese escrito de mi puño y letra y me lo repitiera en voz alta he reflexionado mucho sobre ello, y he hecho lema de esa frase tan simple. Quiero decir: que digo, por ejemplo, más veces te quiero, a gente a la que antes me daba vergüenza hacerlo, por culpa de las americanadas televisivas; doy también mucho más las gracias. En una ciudad donde nadie está acostumbrado a hacerlo suena hasta hiriente, pero lo hago. Y también pido cortésmente las cosas, o eso quiero pensar. Ya no lloro con tanta facilidad cuando las estupideces de los demás me tuercen el ánimo y no me quejo de mi mala suerte a la hora de cosechar éxitos que antaño creía eran míos por propia definición. He renunciado a las incomodidades de la impaciencia, optando por optimizar la espera, disfrutando de los amigos, por más lejos que ellos estén. Me falta la deuda pendiente de hablar más con ellos por teléfono, pero todo llegará, no hay que apresurarse con la negritud de las conjeturas.

Y así, como por arte de magia, el jueves pasado, horripilante, fotofóbico y solitario jueves 13 de enero – día de la despedida de Michael Jordan de la NBA, para que se hagan una idea  – apareció despertándome del atosigamiento un repartidor con un paquete de un buen amigo, que me había prevenido de su venida, pero sin soltar prenda del contenido. Se trataba de media docena de botellines de cerveza. Lo dejé en la cocina. La presión que las cervicales ejercía en mis sienes me impedía conciliar el pensamiento y sólo quería tumbarme. Las cefaleas no tienen nada de poético, por mucho que nos dé para rimarla con mareas, aldeas o azaleas.

Así que no fue hasta el sábado que me dio por abrir la cajita, encontrándome que los botellines venían embutidos en un plástico azul a modo de corsé y estaban personalizados, en una de las más genuinas exaltaciones de la amistad que se haya dado alguna vez en condiciones de ebriedad cero, obviamente. Por lo que todo un torrente de magdalenas proustianas cayó por las laderas de los armarios de la cocina hasta enterrarme en la más anciana de las nostalgias, esa misma nostalgia que emerge de los brazos de la soledad y previene al hombre. Esa misma nostalgia que le invita a regresar a la semilla, le encomienda a pastorear, como un día lo hizo Alberto Caeiro, el guardador de rebaños por antonomasia.

Y así, en la dulce mermelada que adornaban las magdalenas de la nostalgia me vi recorriendo, ensimismado, los rincones más huertanos de mi ciudad. Cual bramido inequívoco, regresaron las risas a mi casa solitaria, sobrepasando con su furor los aullidos del perro de mi vecina, también ya infelizmente vecino de estas crónicas, y las obras del tercero izquierda, éstas nuevas, por reformación de un nuevo cuarto para el segundo que han tenido y espero que no vuelvan a salir en estas columnas más. Impregnando las juntas de los azulejos, depositando un sedimento de placenteras visiones del ayer fueron descendiendo lentamente las palabras que había en el botellín elegido, que rezaban “la amistad no se paga con dinero” y siguiendo el curso que me indicaban aquellos tres puntos suspensivos, que eran como una mapa de carreteras de la guía michelín pude acceder fácilmente aquel restaurante de Valencia o aquel hostal desvencijado de la Plaza del Sol madrileña donde  se fue macerando la levadura de estar seis cervezas con las que hoy brindo, que saben ácimo por la infranqueable distancia a lo que a veces nos vemos sometidos, pero que refrescan como sólo sabe refrescar la vida o como refresca la risa de los amigos. Por mucho que a veces lo olvidemos no hay cerveza en el mundo mejor que la que se hace con esta receta y tan sencillos ingredientes.

Canción del día: Getting Away With It (All messed up), James


p. d. Leído en Días de Radio el 19 de Enero de 2011.

 

 

 

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Un comentario en “LA VIDA ES UNA CERVEZA CON AMIGOS (TOMA SEGUNDA)

  1. Ya sabes de sobra que os queremos y se os echa de menos, si llego a saber que 6 tercios dan para tanto hubiera customizado una botella de Moët, jeje
    Un abrazo intenso.

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