DROGARSE A LO PROFESIONAL

Todo el mundo tiene tendencia a drogarse, esto es un hecho. De alguna manera, pero nos drogamos. Más de lo que deberíamos, sobre todo en estos días de fiestas extenuantes y extensísimas. Esta perogrullada no es nueva, vive con nosotros desde el nacimiento de las civilizaciones, y se actualiza de cuando en cuando como el adobe photoshop o el anti-virus. Cada civilización se ha decantado por un determinado opiáceo y los ha llevado al altar de la sabiduría.

Por otra parte, en otras épocas, legendarias, los juegos olímpicos eran algo lúdico y festivo, que contaba, incluso, con el extraordinario poder, hoy inconcebible, de parar guerras y realizar débiles tratados de paz.

Nos drogamos como medio evasivo, pues como forma de evasión no hay nada más barato, por mucho que nos digan que las drogas son caras. Lo es, por ejemplo, más barato que un concierto de Lady Gaga y mucho más que un par de semanas perdido, sin teléfonos móviles, deambulando por las Islas Galápagos.

Para un deportista elitista, no hay mayor evasión de la realidad de sus limitaciones físicas que imaginarse siendo el mejor gracias a unos aditamentos impopulares. Así, este tipo de deportista ha ido perdiendo paulatinamente todo el sentido primigenio del vocablo inglés SPORT, del que luego han derivado tantas y tantas palabras, como Sportinguista, y subiéndose a la moto del BUSINESS. Esos pocos privilegiados sueñan con la gloria, pero no como los primeros olímpicos, sino como subidón de adrenalina inyectado por las posibilidades que la gloria atrapa, y que traen consigo contratos millonarios y minutos en televisión. ¿Quién desea un trozo de metal llamado medalla o subirse a un incómodo cubículo – por lo general de madera – llamado podium, cuando lo que de verdad está en juego es una portada de periódico y una foto a la derecha del dominical anunciando el último cronómetro de moda para arriesgadotes o aventureros, del que serás imagen en exclusividad durante las próximas temporadas?

Legendariamente se dice que deviene de la atosigante presión ejercida por los demás la idea de drogarse en esto del deporte, pero es un burdo cuento chino. Que le pregunten si no a Armstrong, el septacampeón del Tour francés, si merece la pena lo de codearse con Sheryll Crow o – presuntamente – con Eva Longoria por la presión de ser el mejor. Porque, no lo olvidemos, en este mundo primitivo y primario, al mejor se lo rifan las chicas suculentas, el mejor tiene unos contratos de dulce por hacer lo que todo el mundo hace, pero de manera profesional.

Pero regresemos, por unos minutos, a la realidad. La realidad dice que eres un deportista más y que con esas piernas y esa resistencia pulmonar que te ha dado dios no vas a salir de la listas: primero, de la de jóvenes promesas y, segundo, tres o cuatro años más tarde, de la de eternos candidatos. Esas dos listas no llevan en sus presupuestos contratos publicitarios ni el hecho de que a uno lo reconozcan por la calle. Subir al Tourmalet por méritos propios no es algo que insufle las cuentas corrientes de nadie y los retos personales apenas alcanzan para pasar las próximas navidades.

De ahí, por una senda de la más contundente de las lógicas, todo  lo demás. Luego, cuando se descubra el pastel, todo serán madres mías y decepciones varias, saldrán los intolerantes y los pondrán a parir por practicar esas indecencias y dar un mal ejemplo a la sociedad. Una sociedad, no lo olvidemos, que mataría por estar donde están ellos, que chilla hasta el órdago a la grande cuando se topa con esos ídolos a los que después defenestra, y que sueña con sus mismos contratos publicitarios. Y, de estar en el mismo contexto, hagamos un acto de reflexión, quién no haría lo mismo para llegar a lo más alto, qué gremio no recurriría a las sustancias dopantes para alcanzar la meta del contrato millonario en el contexto actual: ¿los políticos? ¿Los empresarios? ¿Los banqueros?

Finalmente, es de cajón que hagamos tabula rasa y salpiquemos aquí y allá a todos. Pondremos todo en duda y echaremos pestes de cualquier número uno en su categoría. Arrancaremos los pósteres de las habitaciones de nuestros niños y escupiremos en sus caras antes de tirarlas al cubo de la basura. Tamaña hipocresía es la nuestra con unos jóvenes que sólo nos ofrecen lo que nosotros les pedimos: que sean nuestros héroes y que traigan las victorias a casa a cualquier precio, para que luego podamos decir que le hemos regalado a nuestros infantes la camiseta de fulano o las botas de zutano.

Canción del día: No sé que me das, Fangoria

p. d. Leído en Días de Radio el 21 de Diciembre de 2010

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