PARCELÁNDONOS LOS SUEÑOS

Es la hora de subir desde la sala de descanso a la sala de trabajo. 24 peldaños de ascenso hacia una gravedad. La gente se arremolina en sus improvisados asientos, habla. Miro las caras de mis compañeros mientras en los auriculares Patti Smith canta para un público minoritario, casi en lo que se ha dado en llamar acústico, People have the Power. Subimos. Las últimas conversaciones avanzan, algún rezagado saluda, se complementan anécdotas. En mi cabeza sigue tintineando la Smith. Tienen el poder, pienso. Tenemos el poder, pero somos ajenos a él, hoy más que nunca.

Pues qué poder, realmente, tenemos. El poder de soñar, matiza la neoyorquina. Ni eso, le contesto. Nos hemos visto obligados a desaprender de soñar. Muchos son los frentes: los docu-realities y su manera de hacer caja haciendo el bobo delante de una cámara; la publicidad masiva pre-navideña, adelantada este curso a finales de noviembre para ver si alguien pica en un puente que se presenta desangelado… En fin, todas esas mierdas que nos aglutinan: nos han parcelado los sueños. Los niños ya no sueñan la paz mundial, ni los payasos de la tele cantan a la Navidad. Ahora los niños quieren ser famosos. No lo desean ni lo sueñan. Simplemente lo quieren. Simplemente eso: famosos. No sabemos qué significa tan extraordinario concepto, tan extrapolada noción. No sabemos absolutamente nada de lo que significa ser famoso. Como no sabemos absolutamente nada de para qué sirven los sueños en realidad. Pero ahí estamos, malviviendo.

No sabemos. Lo intentamos, pero cuando se nos cierran los ojos, no viajamos en la barca de Stevenson, ni llegamos al país de nunca jamás. Nos han enjaulado los sueños en ese reino de la visualización. No se concibe el imaginar, más allá de las instrucciones que te ordena tu pantalla de la Nintendo DS, o cualquier sucedáneo o similar. Aspiramos, como mucho, a que nos toque el Gordo o, mucho mejor, el euro-millón, que todo lo puede. Pero, si se cumpliera tal fortuna, no sabríamos qué hacer con esa realidad, a partir de entonces. Porque no somos conscientes de ninguna realidad tampoco, anclados en un indiscreto encanto de la burguesía, que nos enmascararon desde el consumismo inmoderado a crédito.

La felicidad de alcanzar tan ansiado sueño, irreal como sólo puede serlo una tormenta de monedas de dos euros, ¿cuánto ha de durarnos? ¿Cuánto permanecerá con nosotros? Apenas un año, auguran los estudiosos metepatas. No soluciona absolutamente nada, no pone en orden nuestra existencia ese giro del destino en forma de riquezas y bienes materiales, a pesar de todo lo que trastoca, trasmutándolo todo. ¿Volverá a llamarnos aquel amigo que dejó de hablarnos? ¿Sanará nuestro primo de su repentino cáncer? ¿Nos querrán más nuestros hijos ahora que podemos costearnos el sufrido divorcio?

Precisamos pues una reestructuración interna y orgánica de nuestros sueños cotidianos. Si, como dejamos que manipulen nuestra realidad cotidiana, vamos por ahí dejando que nos los manipulen dos o tres gañanes que lo único que quieren es ponerse nuestros ahorros en sus bolsillos ¿qué nos queda?

¿También ha de pertenecerles nuestra alma, cuando ya le hemos dado todo lo demás? ¿Han de comprarnos a plazo fijo también nuestras más recónditas ilusiones para que no nos atenace el miedo exquisito de sentirnos diferentes? En tiempos delicados, donde el mayor monstruo es la hipoteca, es fácil verse abocado al recurso del golpe de la diosa fortuna y al dinero caído del cielo sin apenas esfuerzo. Pero la infelicidad se basa precisamente en esas extrañas paradojas: desearlo todo, cuando nada se tiene y contentarse con nada, cuando se tiene todo.

Nunca he leído que no tengan anhelos ni cínicos ni escépticos ni eremitas. Por eso sé que es necesario tomarse muy en serio esto de los sueños, si no queremos caer en la tentación de la perplejidad. Debemos hacer una introspección cuanto antes, excavando en nosotros hasta que la pala tope con aquellos deseos que una vez tuvimos y no pudimos cumplir, hacer una lista con todos y tachar los que son verdaderamente imposibles por cuestiones espacio-temporales. Y aferrarnos a los demás, por simples que hoy nos parezcan, luchar por ellos, por vaga y sencilla que nos resulte la lid. Quizás aparezcan sueños de la infancia como pilotar un coche de Fórmula 1, comprar una piruleta gigante y una nube de algodón los primero de mayo o pasar 48 horas sin parar jugando al futbolín. Quizás sueños más templados, como poseer una casa dentro de una parcela, de las medidas necesarias para albergar en ella a todos los perros abandonados que nos vayamos encontrando; o una jubilación tranquila, perdida en un pequeño huerto en la Toscana, cuidando alguna vid y una máquina de escribir que nos espera, con una pila de folios del galgo a su lado.

Pero son nuestros sueños, nuestros más preciados tesoros y no podemos dejar que nos los arrebaten. Es lo único que nos han dejado para estas próximas navidades los tres o cuatro gañanes que nos manejan.

Canción del día: People have the Power, Patti Smith

p. d. Leído en Días de Radio el 13 de Diciembre de 2010.

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