SERENGETI ES, EN REALIDAD, UNA MAGDALENA

Serengeti ha sido una de las palabras más hechiceras con las que me haya topado. Es escucharla o pronunciarla y evadirme a un territorio neutral y ensoñador, donde estoy convencido de que mi alma se nutriría con las mejores esencias y enzimas.

Sin embargo, con el paso del tiempo veo cada vez más lejana mi visita a ese espacio de más de trece mil kilómetros cuadrados que la UNESCO declaró Patrimonio de la Humanidad allá por 1981, lo que da buena cuenta de su importancia. Para los que tengan la geografía tan oxidada como los recovecos de la infancia diré que se encuentra en Tanzania, nombre que también inspira mi ensoñación y que me acerca a las películas de Johnny Weissmüller los sábados por la tarde, cuando los sábados por la tarde era todo un altar de la ficción y no un remedo de telefilmes basados en hechos reales de mujeres desesperadas por algún trauma o enfermedad incurable. Puede que haya infinidad de tarzanes más, pero para los del 72 creo que sólo el campeón olímpico de natación tiene cabida en nuestro recuerdo. Y al que diga que no, que es decir Tarzán y aparecérsele, qué sé yo, por ejemplo, Lex Barrer o Gordon Scott le espetaré en su jeta que es un pedante de muy señor mío y que tuvo una infancia de lo más triste.

Como aprecierán, Serengeti como nombre propio me trae casi tantos placeres como la magdalena de Marcel Proust, que le dio para tanto. Pero también aparecerá la visión de miles de ñúes corriendo, de cebras intentando sortear sin éxito las fauces de feroces leopardos, de elefantes enseñando a caminar a sus crías en una libertad que hoy está prohibida para el hombre; de leones espantando moscas con el rabo mientras esperan que sus esposas vengan con la comida, de rinocerontes buscando a algún torero improvisado para darles una excusa y salir bufando para hacer relucir su lujoso cuerno bajo las aristas del sol eterno africano.

Y como no hay mayor pecado en el hombre que el de la envidia, esa libertad que poseen allí las hienas, los búfalos cafres u otras maravillas, en vez de hacernos reflexionar ante la emoción que provocan esas imágenes perdidas para nosotros, en vez de hacernos salir corriendo a convertirnos en pastores nómadas, imitando vanagloriosamente a los Masai, nos hemos propuesto occidentalizarlos, equipándolos con móviles, gepeeses o pedeas y demás atro-tecni-cidades.  La vida es una jaula como las que nosotros hemos construido en la ciudad y no lo que vosotros tenéis. Los pobres, es lógico, no nos han entendido, cómo van a hacerlo, y han seguido pastoreando, a pesar de comprar de vez en cuando vaqueros y saber lo que es el wi-fi.

Por eso el hombre, que no tiene límites para la cosa de la envidia, que no puede soportar la idea de que sus semejantes o cualquier especie sea feliz sin tener que recurrir a las miserias exportadas del consumismo ha decidido sin hacer referéndum en Serengeti derrotar a los animales con sus armas más odiadas: el cemento, el hormigón armado y el asfalto. Para que los ñúes no vuelvan a ser felices trotando y migrando por ese parque, para que los elefantes dejen de críar a sus anchas y sin saber lo que es un peaje han decidido plantar una autopista que cruce de medio en medio todo el parque. El objetivo ha de ser el progreso, no lo pongan en duda. Saldrán politicuchos a decirles que Tanzania se merece lo mejor para desarrollarse y lo mejor pasa por sus manos, por llenarse sus bolsillos y por destrozar un paisaje mítico, un paisaje salvaje en las infancias de todos, donde las realidades son realidades desde hace tanto, un lugar supuestamente protegido por la UNESCO desde hace casi 30 años.

Pues no sé para qué sirve eso de patrimonio de la humanidad, ni si somos conscientes de lo que ello conlleva y significa. Pero tengo entendido que una parte de esos 13000 kilómetros, infinitesimal, a qué dudarlo, me pertenece por derecho propio, por formar parte de la humanidad. Y, por lo tanto, al igual que me negaré en redondo a que pongan ascensores en la fachada de la Catedral de Santiago para subir a la Gloria o paradores dentro del Monasterio de El Escorial para que un señoritongo se rasque gustosamente sus partes en un jacuzzi, reto al inventor de tamaña brutalidad a vérselas conmigo, para que no siga rompiendo la infancia de los niños que últimamente van viniendo al mundo, y que, como mis ahijados, viajan a Serengeti a jugar con cebras y elefantes y aprenden que, desde que el mundo es mundo, los leopardos corren detrás de los ñúes y que, por muchas autopistas que construyamos, las hienas seguirán riéndose y los buitres seguirán volando en círculos.

Seguro que Tarzán ya está movilizándose, o eso espero, llamando a todos los animales del parque para interrumpir las obras. Y la historia del éxito de su empresa será la que les cuente a mis ahijados.

Canción Del día: Nothing but flowers, Talking Heads.

p. d. Leido en Días de Radio el 9 de Noviembre de 2010.

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