DON ANTONIO Y EL 20-N

En tierras de Portugal, atravesando la N18 camino de Castelo Branco para tomar el desvío hacia la A23, por la región alta de un Alentejo desconocido para casi todos, incluso para los que duermen en esa zona fronteriza extremeña que llaman La Raya, en este aniversario de la muerte de aquel no deseado, al que imagino que usted no habrá terminado de perdonar todavía, el azar ha querido que tomara un CD sin nombre que contenía  a Serrat cantando a dúo con aquel que solía residir en el número siete de la Calle Melancolía. Estaba escondido en la guantera, pasando frío, y me ha conducido hasta usted. Observando esos nubarrones últimos de noviembre, amenazantes, y oliendo a chubasco, le he visto, don Antonio, agazapado, en Collioure, girando por enésima vez la cabeza, buscando España con el anhelo de un niño el día de Navidad. Y he esnifado como el más cruel de los pegamentos toda la tristeza que empañaba entonces sus ojos, que también ha cegado los míos. Y he de confesarle que, si bien un día de los de instituto y mochila cargada de libros detesté su monotonía tan lenta y tan soriana de la lluvia tras los cristales, ese momento tan íntimo, tan suyo habrá de acompañarme hasta el resto de mis días.

Y habrá de acompañarme, como usted bien dejó dicho, golpe a golpe, verso a verso, con este ruido de fondo sutil de la lluvia y el paso acelerado de los limpiaparabrisas que poco o nada entienden de poesía y, sin embargo, cuánta monotonía transportan en sus gomas.

Golpe a golpe.

Verso a verso.

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