INTRODUCCIÓN AL BALCONING

Desde que el mundo es mundo el hombre se ha sentido atraído por el vértigo y el salto al vacío. En definitiva, ha querido ser pájaro de cualquier índole. Algunos, incluso, se han devanado los sesos por ser esbeltas gaviotas, aunque no sé por qué teniendo en cuenta la suciedad de éstas.

Si tiramos de tradición, hete aquí a Ícaro, hijo de Dédalo, un arquitecto de fama internacional, pues diseñó el célebre y celebrado laberinto de Creta para el Rey Minos, que luego se hiciera famoso por el Minotauro y por la suerte que corrieron Ariadna y Teseo. La alocada juventud de Ícaro, que desoyó las recomendaciones del padre – otro tema que no es nuevo, por mucho que se empeñen los psicopedagogos, llevó sus huesos al mar. Aquello era una huida, la de padre e hijo, y todo salto al vacío tiene sus connotaciones de huida.

Desde entonces, el hombre ha ido perfeccionando esas alas y adaptándolas a los nuevos tiempos y a las más sofisticadas tecnologías. Ha ido documentando sus saltos, sus intentos de volar, como aquél que con unas alas propias de Dédalo saltó desde el segundo piso de la Torre Eiffel y se mató de un entusiasta y certero golpe contra la parte más dura de Champs de Mars. Luego se va desarrollando la inventiva, el deseo del hombre crece a medida que la historia de la aviación avanza. Los hermanos Wright forman ya parte de la leyenda y el salto al vacío da paso al parapente, al paracaídas, al puenting… Y todo se sigue documentando, incluso los accidentes, hoy más que nunca con las posibilidades de los iphone. Daniel Carpasoro, por ejemplo, documenta en 1995 su Salto al Vacío y Wesley Snipes un año antes ya había protagonizado Salto al Peligro, lo que hace que se conforme el binomio de salto, que es vacío y peligro y que cualquiera en sus sanas entendederas lo vería. Vacío, Peligro. Salto al vacío = se disparan las probabilidades del guarrazo.

Sin embargo, el heroísmo chabacano exportado de Hollywood nos dice en la actualidad que el binomio vacío-peligro es, en realidad, un deporte. Y vamos y nos lo creemos y apostamos por ello. Será una pasada y todo lo que ustedes quieran y estoy convencido de que hay millares de listas del tipo “cosas que hacer antes de diñarla” en las que se destaca con fosforito lo de hacer algo de eso: puenting, paracaidismo, salto del ángel en las playas de Maracaibo, parapente… Pero yo les recomendaría que, de estar en su lista particular, lo vayan dejando para el último lugar, por si acaso. Y, por supuesto, todo documentado para mayor gozo del héroe que ha sido capaz de saltar desde tres mil pies de altura asistido en todo momento por un monitor, por una extraña necesidad, que es la de sentirse vivo.

Que me perdone quien me tenga que perdonar, pero es como si alguien te dijera que se ha tomado una sobredosis de caballo con la intención escrupulosa de sentirse vivo, una vez pasado el mal rollo del hospital, del lavado de estómago y de los derivados de tan tamaña soplapollez. No es más que otra forma de darnos una breve invitación al suicidio, a la que llamamos deporte de riesgo, que vale una pasta gansa y que sirve para tener la sensación de ver la muerte lo más cerca posible para reírnos en su cara, cuando lo que queremos es, y que levante la mano quien no esté de acuerdo conmigo, alejarnos siempre de esa Intrusa lo más lejos posible, como en el cuento tradicional conocido como el gesto de la muerte.

Y todo esto lleva a sus degeneraciones, a la orden del día y para gente sin pasta. Cada uno va construyéndose sus propios saltos al vacío para sentirse un pequeño dios y lo registra en su móvil para hacer de él documentación, difusión y, por qué no, deporte olímpico. La nueva moda está representada por el subidón de adrenalina del balconing, cuyo mecanismo, como bien indica su nombre, es más simple que el de un botijo. Es como un salto del ángel, pero a lo barato, a lo crisis, sin acantilados y sin chicas recauchutadas en biquini jaleándote. Sólo se necesita una piscina – no ha de ser olímpica, a pesar de las pretensiones de algún lumbrera – y un par de huevos para saltar desde un balcón, acertando a caer en el agua. En su defecto, con un par de botellas de vodka de más es suficiente.

Hay una leyenda que dice que uno de los pioneros fue el cantante argentino Charly García, pero yo no me fiaría mucho de ella, es bien probable que fuera el propio cantante el que hiciera nacer la leyenda. Como un trampolín gigante, pero a lo rudimentario. Este verano ya ha captado a muchos. Y son ya seis los héroes que han caído por una buena causa. Que es convertir el balconing, ya digo, en deporte olímpico.

 

Canción del día: Twisting by the pool, Dire Straits


p.d. Leido en Radio Candil el 20 de Septiembre de 2010

 

 

 

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