LOS SECRETOS DE SUPERMAN

josé ramón sanchez

Todo Superman contiene en su propia definición un antagonista como la Kryptonita. Ella custodia sus secretos y sus miedos más íntimos como un verdadero tesoro, muy preciado, conocedora de su poder. La Kryptonita, pues, se hace necesaria, como los ancianos en un parque y las palomas. Como las escenas que juntos, palomas y ancianos, protagonizan. Venga de donde venga, en definitiva, es un bien común: nos recuerda nuestras fragilidades, como la calavera de Yorick le recuerda a Hamlet lo efímero de nuestra existencia y provoca la gran cuestión del siglo XVII.

La Kryptonita es un brillante disfraz escondido en el armario, dispuesto a salir en cualquier momento si no se la cubre con un buen decorado de plomo para evitar sus radiaciones. ¿Quién no ha guardado en su caja de caudales más íntima y personal  un pedazo de Kryptonita alguna vez? Un cacho de mineral verde que, de salir a la luz, nos expondría vilmente como cuadro de museo, devastando todos nuestros poderes, como el más abyecto de los secretos descubriéndose al mundo, quebrando todo nuestro equilibrio emocional. ¿Cuántos de nosotros mataríamos por preservarla de todas las miradas, incluso de las más cercanas, las que nos acompañan en nuestro último cerrar de ojos antes de abandonarnos y bailar al son de la hermosa danza de las hijas de Morfeo y las que nos acompañan al abrirlos, comenzando nuevo el día? Con esa Kryptonita cerca, descubriéndolo, Superman se vuelve un ser vulgar y anodino. Como cada uno de nosotros muestra sus más detestables debilidades, al ser expuesto nuestro mayor secreto, desprestigiándonos por completo. Cualquier clase de privilegios que hubiéramos disfrutado hasta entonces desaparece como en un truco de magia de cuento de hadas y nos devuelve al fuego de la fragua donde una vez fuimos forjados como superhéroes.

Todo Superman  tiene que luchar continuamente contra su poder malévolo y cancerígeno. Aunque parezca que esté salvando al mundo las 24 horas del día, en realidad, está evadiéndose de su realidad, que no es otra que la de saber que en algún punto del orbe terrestre hay un mineral radiactivo, por lo común verde, que le muestra ante un espejo público cuán frágil es.

Todo Superman, por lo tanto, odia los espejos como odia a su Lex Luthor de turno. Pues Superman es una debilidad ferruginosa, en el fondo. Por eso, sus enemigos, conocedores de su punto más débil, de su talón de Aquiles, no le guardan ningún respeto. Si algo sabemos hacer los humanos a la perfección, ya lo saben, es humillar al frágil, al débil, por muy superhéroe que éste sea o lo demás se lo crean. Y por ello, las rotativas pagan fortunas por un trozo de Kryptonita de cualquier Superman, para hacer que se arrodilla el hijo de Jor-El de turno. Porque en este Universo de débiles y frágiles, no hay emoción mayor que acabar con la credibilidad de cualquier Superman. Así,  a lo largo de la historia se han dado variadas formas de Kryptonita, refinándola y redefiniendo sus poderes autodestructivos. Se han llegado a catalogar hasta un total de quince Kryptonitas, lo que nos puede dar exactamente el miedo que los kryptonianos le profesan y el poder que ese mineral confiere, si se da un buen uso de él.

Todo Superman, por lo tanto, porta un secreto. En ese sentido, es el más humano de los extraterrestres y, de hecho, acaba ocultando su mundanidad en un traje con corbata de lo más cotidiano. Para pasar inadvertido, busca un trabajo de oficina, que desgasta tanto y se ofrece voluntario a cubrir las noticias más cotidianas. Cerrando el ciclo de la vulgaridad, se enamora perdidamente de extranjeras mundanas, algo pizpiretas sí, pero de lo más sencillitas, a las que acabará sentenciando a muerte al descargar sobre ellas todo el peso terrible del secreto, mostrándoles el poder de la kryptonita y exponiéndolas así a ellas también y obligándolas a compartir su fragilidad.

Por ahora, debo confesarlo, mi único secreto está sobre una parrilla y así mantengo a todos los de mi alrededor a salvo. Es ibérico, suelo hacerlo a la plancha, con un puntito de sal maldon y, eventualmente, una salsa de higos. Pero bueno, tampoco es que importe demasiado, ¿no? Al fin y al cabo, no soy ningún Superman.

Canción del día: Waiting for a Superman, The Flaming Lips


p.d. Leído en Días de Radio el 27 de Octubre de 2010.

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