MI AMIGO EL PESIMISMO TOCAPELOTAS

Es difícil predecir qué ocurrirá en los próximos meses en la vieja Europa. En ella se desbordan los conflictos y cada vez más el decorado urbano se pinta con las ardientes llamaradas de los vehículos que, junto a los contenedores, son los que verdaderamente pagan el pato de esto de las movilizaciones. Hoy es en Nanterre contra Sarkozy. Mañana en Nápoles contra Berlusconi. Pasado mañana quién sabe si no se alza Hamburgo en armas contra la Merkel.

Con este panorama es complicado adivinar por dónde vamos a salir, pero lo que parece es que no muy bien parados del todo. En estas ocasiones en que mi nuevo amigo, el pesimismo toca-pelotas, llama a mi puerta y se auto-invita a un café con pastas me gusta tener a mano las 69 canciones de amor de los Campos Magnéticos, que son ideales para cualquier otoño. Mi amigo el pesimismo toca-pelotas no soporta la música y, entonces, busca cualquier excusa para salir pitando, o se ha olvidado de recoger a sus pequeños del colegio o tiene que encontrar perejil a toda costa.

Pero al día siguiente vuelve al ataque y me pilla en el salón, donde no hay campos magnéticos al alcance de la mano y me agarra bien de donde él sabe que duele y comienza a darle vueltas al asunto. Algún día, le grito, tendré el suficiente cuajo para darte de palos en las costillas hasta dejarme la mano inútil. Para pensar más tarde que espero que antes no me hayas arrancado el ánimo y el propósito sea pírrico.

Me ha venido estos días con una noticia de ésas que hacen que piense mal de todo el mundo. De ésas que me hacen ver en blanco y negro, se me apagan los colores y sólo el brillo de un macallan de malta auténtico resplandece en mi cerebro. Lo guardo para los brindis normalmente. Pero es que hay ocasiones en las que uno no tiene más remedio que sumergirse en la vergüenza de beber a solas en un cuarto.

Y bueno, saber que, mientras la vieja Europa lucha por salvaguardar un poco la decencia y los pocos muebles que nos quedan a la clase normal y currante, nosotros nos estancamos en nuestro ombligo y en buscarle el ketchup a nuestras pelusillas umbilicales para saber con qué leches acompañamos esa azucarada salsa de tomate, no me ayuda mucho a dejar el vaso lleno en mi mesa de escritorio.

Mi amigo el pesimismo toca-pelotas me restriega el titular del periódico: que el 40% de las familias españolas no tienen cómo afrontar un gasto imprevisto. Es decir, que no pueden superar la fractura económica y su posterior esguince si hay que cambiar las ruedas del coche o hay que cambiar el frigorífico porque éste ha decidido morirse de repente, después de tanto tiempo pudriéndonos el pescado y cortándonos la leche. Me dice además que casi el 21% de los españoles (tasa por encima del número de parados) vive por debajo del umbral de la pobreza y que, dentro de este panorama, los que más sufren son los mayores de 65, con sus pensiones mutiladas y en versión no frost. Este dato que me hiela el idealismo, no es nada comparable a saber que la franja siguiente más perjudicada es la de los menores de 16, de los cuales el 24,5% vive por debajo de ese maldito umbral, que es como un muro berlinés tantálico, como el muro que separa a los palestinos de su tierra prometida.

Y aquí ya voy sintiendo cómo me agarra mi amigo el pesimismo toca-pelotas y me afianza un poco más en mi estúpida decisión egoísta de no dedicarme a ser profesor oficialmente, que debe de ser una de las profesiones que más me gusta. Que no sabría cómo insuflarles las delicias del Lazarillo o del Quijote, las insidias de la Celestina o del Burlador de Sevilla, o nuestras concomitancias con el latín pensando que, de tener treinta alumnos delante, casi ocho estarían deseando tomar las páginas de un libro para cocinárselo y llevarse algo caliente a la boca, como hacía el ratón que vivía en la biblioteca. Los buscaría con la mirada para intentar saber quiénes son desde el primer día, los eximiría de hacer un examen parcial o final y les daría el aprobado desde el minuto uno. Y apuntaría los números de sus cumpleaños para hacerles mi famoso pastel de galleta y chocolate. Ellos sabrían agradecérmelo pinchándome las cuatro ruedas del coche, saltándome a patadas los retrovisores. Pero yo los comprendería, los perdonaría, porque al menos se entretienen y matan así el hambre y se divierten, que es la mejor medicina que tenemos en estos momentos para la que se avecina. Y al final del curso me darían el premio naranja al mejor profesor. Pero entonces vendría mi amigo el pesimismo toca-pelotas y me diría que con el dinero que se han gastado en el trofeo tendrían para dos o tres bocadillos de calamares y una litrona de cerveza.

Así que ya me ven, saliendo de mi ensoñación, como el señor don Illán de Toledo, que por un momento se creyó Papa, en su cena con el deán de Santiago, y llorando por esos alumnos muertos de hambre que nunca tendré.

 

Canción del día: Yo pisaré las calles nuevamente, Pablo Milanés.


p.d. Leído en Días de Radio el 26 de Octubre de 2010.

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